jueves, 1 de octubre de 2009

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(Anke Merzbach)


Te oigo aunque no te des cuenta. Te escucho aunque tus palabras no me observen. Te siento aunque los sonidos se deslicen por todos mis perfiles. Puedes seguir hablando. Tu voz no se pierde. Mi sueño es un sueño abierto a cada una de tus inquietudes. Te entiendo y no dudes de mi voluntad. Intuyo que si echaras un pulso a la lógica te traicionarías a ti mismo. Acepto que me hables a mi, a la que voy siendo, a la que deseo ser. Y además te recibo. Te recibo y te solicito. Las horas son espléndidamente llevaderas cuando tú te muestras. Y se ven consoladas cuando capto tus redes vinculantes, no obstante los tiempos de silencio que nos rodeen. A ti te debe suceder otro tanto, no es necesario que me lo confirmes. Se te nota. Ese misterio que yo encarno lo llevas tú también dentro de ti. Es, por lo tanto, un intercambio de palabras a un misterio compartido. Porque no es tanto la experiencia acumulada anecdóticamente lo que nos arroja a uno en el otro. Ni se trata de esa parte de aprendizaje madurado que nos hace creer que sabemos algo de la vida. Ni es un vacío existencial el que nos reclama. Es lo que no hemos sido, en lo más profundo de nuestra identidad en pugna, lo que nos vuelca. Es lo que aún queremos ser.

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